sábado, 16 de febrero de 2013

Mi vida. Joseph Ratzinger



 




Mi vida. Recuerdos (1927-1977) Joseph Ratzinger  
Encuentro, 1997


      Rescato esta reseña, que publiqué hace unos años,  con el Papa recién elegido. Vuelve a tener actualidad. Indispensable para quien aún no lo haya leído.


Los recientes acontecimientos vividos en Roma, con ocasión del fallecimiento de Juan Pablo II y la elección de su sucesor Benedicto XVI, han puesto de manifiesto una vez más el indiscutible y creciente liderazgo moral del Papado. Así lo han testimoniado representantes de todas las naciones e ideologías del mundo (con las lógicas excepciones que no hacen sino confirmar la realidad).


Sólo por esa incontestable evidencia  pienso que este libro constituiría  en estos momentos una obligada lectura para cuantos se ocupan de tareas informativas. Es preciso  conocer de cerca,  y a ser posible de primera mano, la trayectoria vital e intelectual de quien acaba de ser llamado a ocupar la Silla de Pedro y es por tanto un referente mundial. Pero además, la calidad de su persona lo merece: es de los mejores de quienes podemos aprender.


Con el rigor propio de un intelectual de su talla, y la sinceridad y sencillez que le caracterizan, el cardenal Ratzinger nos relata los hechos más relevantes que marcaron sus 50 primeros años de vida. Entramos de su mano en la dulzura del hogar, junto a sus padres y hermanos, en un ambiente sencillo y piadoso. En la creciente bondad de sus padres  ve una prueba de la verdad de la fe católica: no sabría señalar una prueba de la verdad de la fe más convincente que la sincera y franca humanidad que ésta hizo madurar en mis padres y en otras muchas personas que he tenido ocasión de encontrar”.


El libro recorre las ciudades y paisajes que le vieron crecer en su Baviera natal. Pronto asistimos a  las tensiones políticas  captadas en la niñez, y a la creciente agresividad y vejaciones del nacionalsocialismo contra los católicos. La generosidad de su respuesta a la   llamada al sacerdocio.  La intensa preparación intelectual.  El horror de la guerra.  Su elección de una vida de estudio, y los arduos trabajos para lograr la  cátedra universitaria. Los trabajos del Concilio, y el confuso papel que asumieron algunos peritos, que llevó a muchos a no distinguir entre  la verdadera y la falsa renovación de la Iglesia.   La desorientación de cierta teología política y la violenta irrupción del marxismo, que, manteniendo el fervor religioso,  reemplazaba a Dios por el partido y ofrecía por tanto “el totalitarismo de un culto ateo que está dispuesto a sacrificar toda humanidad a su falso dios”...


Ratzinger hace  memoria, junto a su historia personal e íntimamente unida a ella, de los sucesos y problemas vividos por la Iglesia. Reflexiona a la distancia sobre ellos, y saca luces que constituyen un regalo para el lector.  

El libro ayudará, sin duda, no sólo a conocer al personaje, sino a entender mejor a la institución que representa y a informar con más rigor sobre ella.

Sobre Joseph Ratzinger, ver también comentarios a su libro Verdad, valores, poder, de gran actualidad en estos momentos. 

Un libro de Joseph Ratzinger sobre la Eucaristía


La Eucaristía, centro de la vida cristiana

Edicep



Cuentan del joven Tomás deAquino, recién incorporado a la universidad de París, que al descubrir la maravillosa sabiduría de su profesor, Alberto Magno, se aprestó a aprovechar la oportunidad que la providencia le brindaba, se hizo más silencioso que nunca, y concentró toda su energía en el estudio y meditación de cuanto escuchaba a Alberto. Corría el siglo XIII.


 Ocho siglos después, la renuncia de Benedicto XVI me ha traído a la memoria aquél hecho, que tuvo por protagonistas  a dos hombres que con su trabajo intelectual y su santidad de vida han dejado en la historia una huella imborrable.


Cuantos hemos tenido el privilegio de leer a Joseph Ratzinger nos damos cuenta de la categoría científica y sabiduría de este hombre humilde. Sus libros –todos ellos- manifiestan el poder  de la inteligencia humana cuando busca honradamente conocer la verdad, va en busca de ella con un estudio hondo y perseverante de los saberes humanos, y se deja guiar por la luz de la fe católica.


Sólo personas atenazadas por sus prejuicios, o muy despistadas, son capaces de no apreciar el don para la humanidad que significa el trabajo  intelectual de Joseph Ratzinger. La lectura de cualquiera de sus obras garantiza el crecimiento del saber y agudiza la inteligencia. Y aporta valor en lo más importante: el conocimiento de Dios.


Leí hace tiempo este librito sobre la Eucaristía. Resumo algunas de las ideas que tomé, como personal homenaje a Benedicto XVI a pocos días de su renuncia. Se trata de  una recopilación de homilías y ensayos de sus años de arzobispo en Munich.  


La Eucaristía, misterio de la Presencia Eucarística de Dios y de su Amor por los hombres, es Dios hecho respuesta a todos nuestros interrogantes, dice Ratzinger. Podemos rezar en cualquier sitio, pero cuando lo hacemos junto a los Sagrarios de nuestras iglesias, ante la Eucaristía, la iniciativa de la oración ya no es nuestra, es Suya: y su Presencia nos responde. ¡Cuántas conversiones insospechadas ante el rayo fulgurante de su Presencia!


La Eucaristía es el Misterio en el que la eternidad se hace presente en el tiempo y en la historia. En esta luminosa y esencial idea incide también Josep Ratzinger en su reciente libro sobre Jesúsde Nazaret.  Los justos, quienes permanecen atentos a la voz de Dios y la siguen, abren caminos a la acción divina en la historia.


Cuando Dios pide permiso a María para la Encarnación, toda la Creación contiene el aliento esperando la respuesta: “¡Dí que sí, María!”. El sí de María abre las puertas a la acción salvadora de Dios en el mundo. Por el sí de los justos,  la voluntad de Dios se hace realidad “en la tierra como en el cielo.” Y la vida eterna toma impulso en el seno del tiempo.


Tendemos a pensar en la eternidad como un futuro que sucederá a continuación del presente. Pero no es así: la eternidad está ya entre nosotros.  La tierra llega a ser el cielo cuando la voluntad de Dios se hace realidad en ella, y entonces se convierte en el Reino de Dios, su dominio, no el nuestro, y por eso es fiable y definitivo. La eternidad no es ningún futuro cronológico, sino que es distinto a todo tiempo y por eso se puede introducir en él, asumirlo en sí mismo y hacerlo puro presente.


Esa es la diferencia entre utopía y escatología. Durante mucho tiempo se nos ha ofrecido un horizonte de utopía, de espera de un mundo futuro mejor. La vida eterna sería un mundo irreal, y la utopía un mundo real, al que tendríamos que dedicarnos con todas nuestras fuerzas, pero que en realidad nunca nos afectaría a nosotros mismos: sólo a una futura generación, que nunca llega. La utopía siempre parece estar al alcance de la mano pero nunca llega, porque el hombre sigue siendo siempre libre, y cada generación tiene que luchar por mantener el mal dentro de sus límites.


       La sociedad ideal que se pretende construir en el futuro es el mito del que deberíamos despedirnos definitivamente. Y en lugar de ella trabajar con todo nuestro empeño en fortalecer las energías que se oponen al mal en el presente.
             

Joseph Ratzinger nos deja en sus escritos un faro de luz providencial para una humanidad que camina a oscuras y desorientada. Seguirle es realmente concentrarse en lo esencial.



sábado, 2 de febrero de 2013

En lugar seguro: un canto a la amistad



                                               

En lugar seguro. Wallace Stegner 


Ed Libros Asteroide



La generosidad es tal vez el mayor de los placeres”. Con esa frase de Willian Maxwell termina esta maravillosa novela, canto a la amistad entre dos jóvenes matrimonios, profesores de literatura. Una amistad que surge en los años 30 del pasado siglo, durante la Gran Depresión, y que mantienen fielmente hasta la vejez, en los años 70, a pesar de los avatares de la vida.


La obra está escrita con maestría y cuidado, aquilatando cada palabra, con bellas descripciones de paisajes y, por encima de todo,  sutiles análisis del comportamiento humano. 


Stegner  domina los planos de la narración, haciendo que el protagonista (en el que de alguna manera describe su propia autobiografía)  mantenga un discurso que desde el presente viaja al pasado lejano, o al intermedio,  y regresa, sin perder el nervio y el hilo de la historia, incluso logrando dar más fuerza al relato  con esos viajes a los hechos vividos, o recordados, o simplemente pensados o deseados, en los diversos momentos de la existencia de cada personaje.


El protagonista, Larry,  profesor y escritor, refleja en su trayectoria la de Wallace Stegner. Y junto a sugerentes comentarios acerca del oficio de la literatura, destaca su capacidad de describir la belleza de los rasgos que conforman  la amistad: generosidad, lealtad, entrega,... tanto entre los esposos como entre los amigos verdaderos,  que logran superar los normales desencuentros de la vida poniendo en juego con esfuerzo esas virtudes humanas. 


Quizá se echa en falta una referencia más explícita a la trascendencia,   implícita de manera vaga y vaporosa,  pero poco clara y más bien confusa. Pero los valores resaltados son hondamente humanos y por tanto cristianos: la fidelidad, el buen tono, la abnegación, el desinterés, la amistad, la comprensión con los defectos ajenos, la tolerancia…


El caos es la ley de la naturaleza, el orden es el sueño del hombre”, dice uno de los personajes.  Nos gustaría que todo estuviera “correcto” y sin problemas, que todo encajara, pero hemos de contar con el desorden, con que las piezas no encajen, y no desanimarnos y seguir bregando, teniendo en cuenta dónde está el bien,  para no perder el rumbo con la excusa de los defectos ajenos.   No podemos exigir a la vida, o a los demás, que todo salga según nuestros propios deseos. Y menos ponerlo como condición para actuar honrada y lealmente.


En ese orden soñado por todos, donde todo es perfecto y rueda sin problemas,  puede verse nuestra esencial inclinación a la verdad y al bien, el original orden de nuestra naturaleza, hecha a imagen de Dios. Un orden  roto por el pecado original, pero sustancialmente presente como aspiración en cada persona, y capaz de alcanzarse de nuevo a partir de nuestra Redención.


En lugar seguro se sienten cuantos de pronto perciben el calor de la amistad, ofrecida sinceramente.  Los desplazados, quienes llegan por primera vez a un lugar donde no conocen a nadie, aspiran por encima de todo a una situación, a encontrarse en un entorno de amistad con personas acogedoras, que les ofrezcan su apoyo generoso y desinteresado. 


Estas personas amigables son un tesoro, que hacen la vida más humana. Todos deberíamos aspirar a ser una de ellas.  La actitud acogedora y servicial de alguien que acabamos de conocer nos cautiva, llena el alma de agradecimiento y deseos de corresponder. Es el origen de la amistad. Tocamos ahí las fibras más íntimas de nuestra naturaleza, hecha para la relación. Se puede decir –con expresión de Benedicto XVI- que con esas actitudes amistosas mostramos el rostro de Dios a las personas. 



Odian lo que envidian: es una reacción perversa, que vemos a nuestro alrededor con demasiada frecuencia. Precaución, para examinar la rectitud de los juicios hacia personas o instituciones.


Hay gente que quiere tomar nota de todo lo que le impresiona. Pero lo que realmente nos impresione, se nos quedará dentro bien clavado para toda la vida.  Si tienes que tomar nota sobre cómo te ha impresionado una cosa, lo más probable es que no te ha impresionado


Una novela para releer con calma, aprender,  y recrearse en la buena literatura.